MARILYN: QUÉDATE AQUÍ, POR FAVOR…

“El amor carnal en todas sus formas tiene por objeto la belleza del mundo. Muy a menudo también en la búsqueda del placer carnal los dos movimientos se combinan, el movimiento de correr hacia la belleza pura y el movimiento de huir lejos de ella en una confusión indiscernible.”
Simone Weil.
Marilyn Monroe, ella sola, sin esa cauda de estúpidos galanes que la hicieron infeliz.
La Monroe en mi mente, es tierna, inteligente, tiene frío, tomó mucho champagne antes de esta hora, pero ha dormido un poco. Me ha pedido que la deje descansar en mi casa, la dejo que pase, ya después mis actividades mundanas tendrán su verificación, en este instante sólo estoy para ella, con ella.
Marilyn, ¿ese beisbolista te ha tratado mal otra vez?
Marilyn, ¿ese escritor no te deja hablar, no escucha tus opiniones?
Marilyn, sabes que esta es tu casa y que mis brazos pueden ser los cimientos de otra vida, los pilares de otra luz, solariega, para tu llanto; pueden ser las torres donde los faros para tu barca nunca dejarán de parpadear, así las noches sean de espesa niebla o sitiados por el estrépito de ese ejército invasor que pretende derruirlos para aposentar su imperio fugaz.
Qué bueno que llegas hasta aquí, porque tengo para ti todo el tiempo y todo el espacio que necesites y aún más.
Soy tu poeta y tu visir, soy tu representante ilegal, soy el dealer de tus orgías personales, por favor posa tu cabeza aquí en este regazo que soy.
Quiero escucharte durante mil horas, así hasta que hables a través del delirio o del sueño, sin decirte ni una sola palabra.
Quiero escucharte; anda, dime tonterías, teorías, pequeños asesinatos, fugas, maldiciones, impertinencias; anda, deja que tu voz sea mi segunda piel, mi cerebro alterno, para que al decir me digas a mí que te vas a quedar aquí para siempre en esta casa que ha dejado de ser la mía.
Quiero que no digas nada, sólo hazme el favor de no irte, no quiero que busques más al señor Presidente de Norteamérica; no quiero ser enemigo de su pequeñez, quiero en cambio que lo borres de tus labios porque a partir de esta hora sólo me nombrarás a mí cuando te refieras a un hombre cabal y honrado.
Anda, continúa tu lectura que seguiré más vivo que nunca cuando llegues a los versos de John Donne que dicen:
“Por cada hora que ahora me concedas,
te entregaré,
Dios usurero del Amor, a ti, veinte,
cuando a mis cabellos negros los grises sean iguales.
Hasta entonces, Amor, deja que mi cuerpo reine, y deja
que viaje, me quede, aproveche, intrigue, posea, olvide;
la del año anterior retorne, y piense que aún
no nos conocíamos.”
Quédate así, leyendo para siempre, verás como ese desenlace mortal que temes no tendrá lugar, y además yo no huiré de ti...


