DÍAS DE HOSPITAL
El abuelo padece, el abuelo está graduándose lentamente en la Universidad del Dolor. Allí, en esa institución hay Cursos de Soledad, de Tristeza; Diplomados del Tedio; Maestrías de lo Absurdo; Doctorados de la Ignorancia. En sus muros, que son amarillos no por el color con el cual alguna vez fueron originalmente pintados, sino porque para mí ese color -sobre todo cuando es ya pálido- presagia la ausencia de vida. Alguna vez le tuve miedo a los hospitales, ahora que acompaño todos los días al abuelo quiero confesar que allí estoy tomando lecciones de vida. Sí. Aunque también he avistado la muerte, sí, también.
El abuelo es un gran tipo, cuando joven fue viajero sagaz; lo mismo le mandaba a su hija, mi madre, fotografías o postales de un desbordante entusiasmo juvenil; igual la emoción es posible verificarla cuando leo las palabras escritas con tinta en los reversos de fotografías de las montañas de Chihuahua, algún espectacular salto de agua de Guadalajara, los barcos del Puerto de Veracruz, o esas postales finas de Roma, Portugal, Sevilla. Hace un tiempo, no mucho, mi abuelo me obsequió una caja de forro verde obscuro, allí acomodadas en un orden secreto venías atadas varias de estas postales, que son mías; mamá también, una tarde me enseñó las suyas, la mayoría, guardadas allí en un cofre de filos plateados, bella caja para atesorar eso que a ella le tocó, entre otras maravillas, de los viajes del abuelo.
La biblioteca del abuelo es una de sus mayores querencias, otra su jardín, pero sobre todo la insigne memoria de la abuela.
Una tarde que supo de mis inclinaciones literarias, me acercó a las estanterías donde coloca sus libros de poesía y sí, son lomos que llaman la atención; son lomos, que contienen palabras que son un fuego que no quiero ignorar. Él indudablemente está chapado a la antigua, es un ejemplo no sólo sanguíneo, sino que sobre todo es un paradigma vivo de inteligencia y valor.
Una ocasión en que terminé con una noviecita, y cuando paseaba con él por un parque bello de mi ciudad, la chica pasó cerca de mí, yo estaba enfadado, el abuelo no dijo nada pero ya en su casa me obsequio un ejemplar de La ira de Lucio Anneo Seneca, allí más que en un libro de Freud he encontrado una cierta manera de normar mis enojos, sin duda. Y hace poco, me regaló la primera edición del primer libro de poesía del autor argentino Juan Gelman, el libro es de 1956 y se llama Violín y otras cuestiones (1956). Bueno, podría hablar más de sus libros, de algunos que ahora son de mamá o míos, pero aquí sólo quiero, por esta vez, hablar del dolor del Abuelo.

Sí ya son cinco días lo que el abuelo está hospitalizado y eso me duele, sin embargo lo observo saliendo poco a poco de sus preocupaciones, está muy enfermo, pero él quiere vivir. Cuando escribo que los hospitales son escuelas del dolor es que considero que se hallan muy deshumanizados, pues su dignidad no sólo consiste en que estén limpios, ordenados, sino que creo que sus moradores –médicos, enfermeras, funcionarios- se han olvidado de esa rara dignidad que es la decencia, el decoro, la aplicación oportuna y eficaz de la ciencia médica en los pacientes, hombres y mujeres, que están pasando por momentos difíciles de sus vidas.
Sería tan fácil usar el lugar común de escribir que en un hospital aprendes lo que es el absurdo (más que en los escritos de Beckett, Buzatti o Kafka: no, pero, también sin duda, el infierno, a la manera de Sastre: son los otros, sí. ¿Cuándo decidió el hombre comerse a sí mismo, a sus semejantes, fundando maneras institucionales desde las cuales el débil tiene que ser sometido a engranajes de maltrato y negligencia? Es que mamá llevó muy mal al abuelo al hospital, quejándose de un dolor muy fuerte en el bajo vientre, el pobre, y pasaron tres días para que pudiera ser intervenido quirúrgicamente. Sí, sé que ellos, Los Técnicos, saben de semiología médica, medidas sanguíneas, exámenes de esto o lo otro, pero el abuelo se dolía. No somos ricos para tener atención de hospitales privados, no; pero mamá y papá han cotizado y pagado lo suficiente como para que nosotros y el abuelo obtengamos todas las atenciones necesarias, cuando la enfermedad nos sorprenda. Además el abuelo ya no tiene el dinero que tuvo, pero tiene recuerdos y tiempo para acomodarlos, ah, y también nos tiene a nosotros.
El abuelo por fin hoy tuvo la cirugía necesaria; mamá está tramitando quejas y demandas en contra del maltrataos recibido por el abuelo. Yo aquí consigno, sin tristeza, y sin corajes, mi testimonio de los hechos. Sé que estos días son de aprendizaje, y se los debo al abuelo, como tantas otras enseñanzas que algún día les podré contar.
Lamento el dolor de tanta gente enferma.
Lamento que mi país tenga instituciones en franca decadencia.
Lamento que incluso mi mirada no sepa distinguir que hay gente como una de las enfermeras que atiende al abuelo y que es una mujer dechada de virtudes, amabilísima y capaz, muy humana.
Y sí, son Días de Hospital, un lugar donde miro al abuelo salir de esta, y miro alrededor que ciertas vidas languidecen, en este infierno espiritual en que la vida se come a la vida para refundar insistentemente a la muerte de todos los días, pero también he visto en los que salen -sanos o convalecientes- la mirada de la esperanza de otra oportunidad.
He recordado de súbito ese hermoso poema de Héctor Viel Temperley, Hospital Británico, donde el poeta argentino dice:
“Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo. (1984).”
Y sí, cuando me encamino al hospital a cuidar al abuelo, con mi mochila roja en la espalda, siento hasta la médula esas palabras, sí, porque sucede que cuando vamos a los hospitales, a sus camas (como a los hoteles del placer) es que nos acordamos de nuestros cuerpos…



silvina dijo
Ale, que dificil momento el que estas pasando , sólo vengo a acompañarte y desearte que tu abuelo se restablezca pronto . Un abrazo muy fuerte y muchos cariños
31 Enero 2007 | 11:57 AM