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La Coctelera

VIVIR AL ESTE DEL EDÉN

DEL PENSAR Y DEL DECIR

11 Abril 2007

CARA DE MUÑECA V (Y ÚLTIMA)

Es 24 de diciembre del año 200…, Claudia me invitó a su casa, otra vez me dijo que quería que viésemos juntos una película de Greenaway, y le dije que sí, la que fuera. La tarde es calurosa, por su casa hay mucho polvo en el suelo, me he vestido todo de azul marino, me siento bien, fumo, camino de prisa, llevo una botella de vino en la mano izquierda, dejo el auto en casa, Claudia me dijo que llegara como a las seis de la tarde y faltan diez minutos para la hora. Hoy decidí caminar hasta su casa, la verdad es que andando hasta su casa me hago como veintiocho minutos cronometrados de manera exacta, así que saber que ella vive cerca de mí me ha traído sin embargo más desasosiego porque siempre que sale el sol, y entra por las ventana sur de mi casa, pienso que quizá en un tenue parpadeo ese mismo sol ya le tocó los hombros desnudos cuando ella se bañe, o se volteé de un lado a otro de su cama; siento un amor tan grande por Claudia que sí, es verdad, se ha convertido en mi pensamiento favorito.

Ya en la puerta de su casa me hace pasar, se ve roja del rostro, aunque siempre pensé que su cara es de arcilla esta vez la noto como pasada de color, y sí, es que fue son su madre a hacer compras, y están cansadas y Claudia me dice que pase, me siente, que si quiero agua, o un refresco, le digo que no, que no se preocupe, le pregunto qué película veremos y me dice que no pudo ir a rentar la película, que si mejor lo dejamos para otra ocasión, además como es 24 de diciembre (días antes, cuando ella me invitó a su casa para ir ese mero miércoles 24 del doceavo mes, a visitarla para ver cine, me dijo que no, sí: no acostumbraban celebrar la Navidad en casa, entonces aproveché para aceptar su invitación incluso desafiando esa tradición familiar en mi propia casa), día de Navidad, que mejor le hable otro día por teléfono y ya me estoy yendo de su casa, una vez que le dí un beso en la mejilla, le dejé el vino sobra la mesa de centro de su sala, y con un leve movimiento de la mano derecha le dije a su madre adiós…

Hoy es una tarde de junio del año 200…, cité a Claudia en una librería de la ciudad, de esas que cuentan con mesas de café. La he esperado más de 10 minutos, pero el café me sabe a infinita paciencia; los libros que ya adquirí me regalan el olor consabido de lo nuevo y esas palabras inscriptas en color negro me invitan a no desesperarme, y me siento bien, aunque quizá los nervios terminen traicionándome cuando la mire llegar hasta la puerta de acceso.

Llega Claudia, lleva un pantalón de mezclilla ajustado, una blusa rosa, un bolso de piel natural. Ella es delgada, sus caderas la amenazan de manera letal: si engorda su cuerpo puede ser más voluptuoso de lo que ya me parece. Sobre los párpados lleva un leve color verde de maquillaje, el resto de la cara sin pintar, así tan natural, tan propia, tan fuera de lo humano.

Le doy un beso en la mejilla, la invito a sentarse y le pregunto acerca de lo que quiere tomar; se distrae viendo mejor las portadas de los libros que están sobre la mesa, me dice que ya ha leído al menos dos de los que mira, le digo que es genial saber que esos autores le gustan y ella intenta recitarme un fragmento del poema que abre uno de los libros y se interrumpe, me dice que quiere tomar una bebida preparada con alcohol de frutas, la solicito y dejo que sus ojos me pregunten acerca de la razón, del porqué la he citado allí y no en otra parte, y me cuesta mucho hablar, y no sé como empezar pero empiezo y le digo:

-Claudia, me gustan tus ojos, el color de tu piel…

-Sí, Alejandro, ya lo sé.

-Me gusta que escribas poesía, es que tenemos muchas cosas en común.

-Mhhh.

-Además nos estamos conociendo y ya siento dentro de mí un sentimiento muy fuerte de amor hacia ti, y unas inmensas ganas de brindarte la ternura más grande que te hayan podido demostrar…

-Sí Alejandro, lo sé, tus actitudes me lo han dicho, pero…

-Está bien, sólo deja que agregue que no soy una persona común y corriente, vamos, no soy como los demás, y tú me has tratado a veces de un modo bastante vulgar; me has cortado varias veces, no me has dejado terminar algunas conversaciones, sean telefónicas o no, ni siquiera me contestas el correo electrónico como debe de ser .

-Bueno, ¿y eso que te dice de mí, mi querido Alejandro?

-Claudia sabes que no soy cualquier pendejo, ya sé que todo eso me dice que tú no me quieres, lo sé, que no te has fijado en mí sino de una manera bastante rara, al menos tu trato se me hace difícil y sin embargo algo me dice, quizá me equivoque, que podemos amarnos aunque sea en momentos robados a nuestra propia razón o sinrazón.

-Mira Alejandro, está bien que me digas que sientes algo por mí, yo no. Está bien que digas que tenemos bastantes cosas en común pero la verdad en que yo no siento nada especial por ti. Si, déjame decirte que he sido a veces bastante pendeja por tratarte mal, pero es que hay un chico de la escuela que me gusta mucho y sé que algo puede haber con él, aunque no estoy segura, pero él me gusta mucho; tal vez le hable o no, no lo sé.

-Bueno está bien, te entiendo, pero yo al menos quiero decirte que me gustas tal y cómo eres, que no quiero que cambies y que ojalá podamos seguir siendo amigos. Es más te parecerá una locura lo que te voy a decir, y es que siempre creí que me dirías que no, y la verdad es que a esta hora, estoy sentado a la mesa contigo sólo tratando de confirmar una sola cuestión, el que me expliques porque no es posible que tú y yo nos podamos querer. Y me doy cuenta ahora que este es el fin de esa etapa en la que me volqué estúpidamente hacia ti, y no te reprocho nada, sólo déjame que me duela el desenlace de esta parte de la historia en que yo soy el amante y tú la mujer de otra vida que no puede entregarse a mí. Y sí, me lastima pero ya te dije que no soy cualquier tipo, y que lo sabré entender; por ahora si quieres márchate, deja que me tome mi café y toma cualquier libro de los que te he mostrado para que lo guardes en memoria de esta cita donde me das el no que ya sabía, pero que me temía escuchar de tus propios labios.

Claudia toma uno de los libros que es ni más ni menos la edición del FCE, del relato Olalla de R.L. Stevenson, en traducción de Alfonso Reyes, y sí, las manos invisibles del azar y la necesidad otra vez han actuado, Claudia es Olalla, la mujer del relato fantasmagórico de Stevenson y yo su poeta, desterrado de cualquier posibilidad amatoria, que en la penumbra de la tarde siente que no es la primera vez que ha sido marginado de la parte gozosa del paraíso en que vive.

Miro a Claudia salir, así como si nada hubiera ocurrido y yo, tembloroso, pago el consumo y me dirijo a la calle ruidosa que en sus afanes de modernidad deja oler sus malolientes suelos, desde la grasa y el color negro de otro tipo de abstracción sobrehumana.

Quedamos Claudia y yo como amigos; sin embargo, le he escrito poemas y se los he llevado hasta su casa. Ella es novia del chico que quería; él es guapo, fuerte y parece que estudia Letras Hispánicas en la Universidad: tal para cual, en efecto. Ya no hay correos efusivos de mi parte, ya no hay el ir a buscarla afuera de su escuela para llevarla hasta su casa, ya no hay salidas a comer, ni raves, ni nada. Sólo mi propia languidez repitiendo su nombre en mi diario y en los poemas que le escribo. Y llega un mediodía en que voy hasta su escuela y le pido que me escuche, que no le quitaré su tiempo. Y el diálogo es como sigue.

-Claudia ¿te acuerdas que hace precisamente un mes me mandaste con el psiquiátra, porque me viste tan obsesionado contigo porque no quería sucumbir ante los límites que me marcaste? He seguido tus indicaciones, pero no fui al psiquitra sino a platicar con dos amigos, uno psicoanalista y el otro teólogo; sé que no debo decirte qué me dijeron respecto a ti, pero sí, les hablé de tu trato hacia mí. Y he tomado una decisión: como no somos compatibles no puedo seguir llevándome contigo, la verdad es que llegué hasta mis propios límites y no puedo seguir buscándote. La cara de Claudia es de extrema sorpresa y la miro como queriendo decir algo, y le pido que lo haga, y me pregunta pero ¿por qué? Le digo que no hay más explicaciones de mi parte. Ella me dice después de guardar silencio, Ay Alejandro, estás tan lleno de prejuicios que… No la dejo terminar, le sigo que no se trata de escuchar ofensas y entonces alguien, quizá una maestra, pregunta por ella desde un grito bastante agudo para mis oídos, ella devuelve el saludo y me dice: Está bien, no somos compatibles, adiós.

Hoy es 10 de abril del año 2007 y hace un calor muy agradable.

Mi abuelo murió en los primeros minutos de un día de marzo pasado.

A pesar de mi tristeza quiero llevar el recuerdo de todas aquellas personas que me dejaron algo en la vida, come Claudia que me obsequio -por el mero hecho de existir- la inspiración de más de diez poemas. Quizá haga una edición casera con los mismos, el título será “El cuaderno de Olalla”. Unos días antes del deceso del abuelo la miré caminar; ella había ido a una tienda por cigarrillos, yo de la mano de dos primitas había ido por bolsas de confituras. Ella se veía alegre, yo la verdad es que he tenido, en este año que corre, muchos sobresaltos. No la odio. No la amo, pero pienso en ella todos los días.

Le he conocido como cuatro o cinco novios desde aquel chico de Letras.

Yo no pude ser su mano cálida, arropada en la mía propia.

No me corrijo, sin embargo.

No quiero hablarle, pero la verdad no sé que haría si ella me dirigiera la palabra, y más ahora que el abuelo me ha heredado la casa donde vivió sus últimos días. Justamente en la parte trasera de la casa del abuelo, mediando una calle, vive Claudia, con su madre.

Sí, así es la historia.

servido por estedeleden 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Miguel

Miguel dijo

Te seguí hasta aquí Alex, bien, si quieres seguir serás un buen escritor, pero ya sabes que hay que trabajar mucho, no te la creas. De todos modos felicidades, y si Claudia te hable algún día espero que te encuentres receptivo.
Te saluda Miguel.

15 Abril 2007 | 04:11 AM

Maga

Maga dijo

Ale... me creerás que te leo llorando?

La vida es así... no tiene explicación. El amor tampoco....

Al menos no en voz alta.

Un beso

p.d.
Las lágrimas son por tí, son por mí

27 Mayo 2007 | 07:52 AM

Alex

Alex dijo

Maga: Gracias por leerme, claro, a ti y a Miguel, porque llegaron hasta la última parte de una experiencia viva: recogo tus lágrimas y te quiero decir que la poesía sigue.
Alex.

28 Mayo 2007 | 01:13 AM

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