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La Coctelera

VIVIR AL ESTE DEL EDÉN

DEL PENSAR Y DEL DECIR

10 Enero 2008

ES DIFÍCIL, SEGURO QUE ES DIFÍCIL

Es el mediodía de este jueves. Después de la escuela voy a un café a ordenar unos apuntes escolares. Además llevo conmigo un ejemplar del libro Nada personal del autor James Baldwin. Es un librito que seguro en media hora terminaré de leer. Después de una grata agua de sabor frutal y un sándwich que me mantendrá en pie hasta la comida vespertina, recuerdo que cerca del amanecer de este día tuve una pesadilla…

Soñé que necesitaba con urgencia soltar en el baño las heces fecales; pero en el lugar en que me hallaba esto se volvía imposible pues se trataba de una letrina asquerosa y rezumante de mierda. Así, como es típico en los sueños, voy en busca de un baño más limpio y de pronto me hallo a punto de abordar un camión para ir a quién sabe qué lugar. Más allá de las ventanas del autobús se mira la parte trasera de un supermercado; advierto que allí hay baños disponibles para defecar, pero el camión sigue su camino y me conduce a otro lugar. Sin embargo, en mi asiento ahora me entran ahora unas ganas inmensas de vomitar. No puedo hacerlo, pero es tal la energía de cierto alimento granuloso que ya se encuentra en mi garganta, que no puedo más y lleno mi boca de vómito, pero sólo arrojo una parte a la carretera al sacar la cabeza por la ventanilla de mi asiento, y el sobrante lo expulso al suelo del autobús, debajo de donde estoy sentado. El conductor del autobús no me ha visto, pero una señora que va detrás de mí con una niña en hombros me acusa; llega hasta mí el conductor y me pregunta acerca de mi acto, me dice que le hubiese pedido que se parara para que yo pudiese vomitar sin problemas afuera del camión, a un lado de la carretera. En una situación bastante bochornosa descubro con vergüenza la insidia en la mirada de la señora que me ha acusado, no me gusta su manera de conducirse, pero otra vez -como en los sueños- algo sucede y ella sale del autobús aún estacionado hacia la carretera y huye, sin la niña en sus brazos. Corre como huyendo de la ley y efectivamente alguien, ¿o yo mismo?, exclama que la detengan, que ella es culpable de un delito… La atrapan y yo me siento reconfortado.

En la mesa del café del centro de mi ciudad me siento bien, el calor es agradable, la hora se dibuja benévola porque tengo tiempo para caminar más tarde a cierta librería donde recogeré un libro que necesito para estudiar hoy, más tarde. Hasta lo cálido de mi lugar llega otra vez el pensamiento que tuve después de despertar de la pesadilla: para tranquilizarme me dije a mí mismo que quizá la clave del sueño sería incognoscible a través del simple razonamiento especulativo, lo que en verdad me da calma es pensar que debo ser justo con mis apremios, que debo tener paciencia cuando necesito desahogarme y no hablar atropelladamente (también en ese momento vino hasta mi mente el recuerdo de una discusión con un familiar político mío, quien me ofendió acremente en una de las noches de la época navideña pasada; yo hice uso de palabras altisonantes, que en nada contribuyeron a zanjar el conflicto; después de la reprimenda paterna yo sentí que me había quedado con mucho por decir, pero no de esa manera tan agresiva); que debo ser reservado en pos de un temple que me interesa forjar para mí, que debo creer que todo tiene su momento y que en nada contribuyo con odiar y ofender a nadie. Curioso, porque durante toda la mañana de mis actividades escolares, sobre todo plenas de estudio para llevar a cabo unos exámenes finales, quise mantenerme tranquilo porque me sentí muy ansioso, pero las calificaciones van bien y estoy seguro que tendré buenos resultados con los exámenes que tuve por la mañana.

Ya en la mesa del café leo a James Baldwin y la alegría, el regocijo y hasta unas ganas súbitas de llorar me inundan cuando leo sus palabras. Bello libro, de pocas páginas, pero de una intensidad y de una humanidad desbordada. No puedo evitar teclear algunos párrafos para intentar comunicarles mi sentimiento de asombro y paz, después de leer Nada personal de este autor norteamericano.

“Siempre me ha parecido que a un ser humano sólo lo puede salvar otro ser humano. Tengo conciencia de que no nos salvamos unos a otros con frecuencia. Pero también tengo conciencia de que alguna vez nos salvamos los unos a los otros. Lo único que Dios pude hacer, y lo único que espero que haga, es prestarnos valor suficiente para continuar el viaje y para enfrentarnos con el final, cuando llegue, como un hombre.

Porque quizá –¡quizá!– entre el ahora y el último día ocurra algo maravilloso, un milagro, un milagro de coherencia y de liberación. Y el milagro en que ponemos nuestra vacilante atención es siempre el mismo, se exprese de un modo o de otro, o quede sin expresarse. Es el milagro del amor, de un amor lo bastante fuerte como para guiarnos o impulsarnos hacia el gran mundo de la madurez o, en otras palabras, hacia la comprensión y la aceptación de la propia identidad. Creo que un instinto profundo e indefinible nos lleva a la certeza de que sólo esta conquista apasionada puede sobrevivir a la muerte, y hacer brotar la vida de la muerte.” (pp.26-27).

“Lo único que debemos ser capaces de reconocer (…) es que no tenemos derecho, al menos por razones de íntima angustia, a quitarnos la vida. Toda vida está ligada a otras vidas, y cuando un hombre desaparece, arrastra consigo otras cosas. Debemos considerarnos los guardianes de una cantidad y una cualidad, el propio ser, que es absolutamente único en el mundo porque jamás ha estado aquí antes y jamas volverá a estar aquí otra vez. Pero es difícil, en este lugar y en estos tiempos, vernos a nosotros mismos en este papel.” (pp. 27-28).

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