LA SAGRADA LECTURA
LEER A
Acostumbro llevar alguna clase de lectura en el excusado. En contraparte, allí me es imposible fumar. No podría yo, amante de las volutas de humo, vivir en la forzada asociación de la humareda y la mierda; qué ingratitud sería la mía si a los estupendos tabacos que fumo le adhiero el olor grueso de la defecación. En franca extensión plavloviana fumar en el WC me llevaría a oler caca por todo lugar que piso: oficinas, recámaras señoriales, cuartos de hoteles lujosos, balnearios, autopistas, restaurantes exclusivos, salas de masaje, burdeles, escuelas, reclinatorios, confesionarios… aunque a veces pienso -con ánimo inquisitivo- que algunas reuniones, sobre todo las de los círculos y de las mafias culturales, deben ser molestas por el tufo desagradable que llegaría a tantas narinas sutiles, amaestradas en el arte de fumar y oler mierda, ¡ah!, es que hay tantos escritores en ciernes que leen en el excusado...Además Cuánto poeta decadente del siglo XXI, que los hay, soportaría (aparte del mal aliento que ejercen sin miramientos) tener que llevar en sus versos de letanías libertadoras el diablillo del tufillo a excremento y cigarros baratos. Aborrezco y a la vez siento una curiosidad científica por las reuniones de literatos; primero, porque suelen aceptar en sus cenáculos a personas como yo, de esa forma las aborrezco; y segundo, adoro las reuniones literarias debido a que es más pedagógico para mí mirar languidecentes almas preñadas de talento literario, que mirar apareamientos de mandriles, o pleitos entre lagartos y leones en el consabido canal televisivo de Animal Planet, por ejemplo.Me siguen pareciendo más rutinariamente animales aquel chico o aquella chica que obtienen becas del Estado para hacer su poemario, o preparar su obra de teatro, o para realizar eso que está tan de moda en la actualidad: financiar su primer cortometraje. En fin, que me resulta menos enternecedora la vida de un hurón de pies negros, que vive en peligro de extinción, alimentándose de ratas y de ardillas, que la vida bastamente pleonástica de un novelista que coge con putas, toma licor barato y anhela ser como García Márquez algún día, aquí hay un mayor heroísmo sin duda.

Amo leer libros en el retrete, sobre todo esos tomos que son accesibles, directos, que no contienen en sus hojas las artimañas de un creador que se cree y se propone difícil, “En defensa de la literatura difícil” ¿dónde leí esto?; si Borges tenía razón cuando afirmaba que no es bueno expresarse mal de fulano o ensalzar la obra de zutano, si al final es el tiempo quien decide la perdurabilidad de las obras literarias. Y entonces pienso en Bruno Schulz, en ese magnífico prosista polaco que murió por las balas de un jodido oficial nazi, quien le disparó en la nuca al pobre Bruno cuando éste caminaba por la calle. Sus libros que son sólo dos y henchidos de ensimismamiento y de cierta acidez, son verdaderos viajes para realizarse en el cómodo sostén del fino yeso o del marfil de la taza, donde uno se encuentra acuclillado parar cagar y leer. No puedo leer poetas pedantes en el baño como Mallarmé o Valéry, pero cuando las letras canijas de los poemas de Oliverio Girondo se asoman a mis ojos, tras el filtro de los lentes, las carcajadas que me inundan son el signo inmarcesible de que suelo ser feliz.
Soy un lector de baño, del nivel medio, o sea que para qué hacerme el pendejo si en el WC las letras, a veces, a pujidos entran y se bajan, las cariñosas al nivel de lo demasiado infrahumano. Me resultaría imposible leer El cantar de los cantares en algún excusado, pero claro que acometería la lectura de El Hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl, por ejemplo en una letrina colectiva. Nunca he intentado leer a Antonin Artaud, ni a Gerard de Nerval en los baños; con el creador del soneto El Desdichado: Je suis le ténébreux/ le veuf, l´inconsolé/ Le Prince d´Aquitaine à la tour abolie: Ma seule Etoile est morte/ et mon luth constellé/ Porte le soleil noir de
Una ocasión me leí enterita, y de una sentada, la novela El nombre de la rosa; quiero acotar que me resultó muy fácil puesto que ya había visto la película homónima y por lo tanto saltaba ciertas páginas donde la prosa de Umberto Eco se magnifica debido a su metatextualidad; grande el poder de la mimesis que después recapacité en la fiel mezcla de muertes, disquisiciones medievales, acertijos de monasterio, o sea de gente endeudacon la acedia o con el demonio del mediodía, de ese torpor existencial que lleva a algunos hombres de Dios a coger con personas de su mismo sexo -quizá por mor del frío que hace en las altas montañas, o por la negación de ciertas almas para, en verdad, trascender las tentaciones de la carne. La vez que leí esa novela ni siquiera tuve energías para jalar la palanca de la caja de agua del retrete, pues me dormí allí profundamente.
También me resultan las biografías; he tenido para esto experiencias muy reveladoras, una fue con la vida de Beethoven, en la descripción sucinta de Romain Rolland; la otra se trató de la vida de Stendhal, descrita por Claude Roy. Aunque galaxias me separan de ser un melómano, la lectura de Rolland me llevó a la música del compositor sordo con una predisposición de un ser enamorado y con Roy llegué a Henri Beyle como un ensordecido admirador de los campos de batalla napoleónicos. El que me hayan resultado reveladoras, aparte de conmoverme hacia la búsqueda de sus melodías y libros, es algo que todavía no alcanzo a desahogar.
Ya son muchos los años dedicados a la lectura en medio de aromas nada pulcros. Confieso que se ha tratado, casi siempre, de lecturas en el WC propio, porque cuando defeco en los ajenos ando siempre muy borracho y leer se me vuelve bastante absurdo. Pero no crean, he intentado leer hasta el culo de pedo ciertos autores quesuelen editar sus libros en ediciones de bolsillo, como Böll o Bradbury. Una ocasión un distinguido huésped (¿o se trataba de una anfitriona?) tocó a la puerta del baño donde me hallaba aposentado, ya durante más de una hora, y enfrascado en la lectura de El extranjero de Albert Camus,aquél estaba con los intestinos a reventar, ya adivinaba yo su perlado rostro al tiempo que con voz mortecina exclamaba:
- ¡Ernesto, abre la puerta que no sabes que ya me anda!
Nunca le abrí la puerta, hasta que sus pasos retumbaron en las escaleras de su casa en pos de otro cuarto para defecar; tampoco pude avanzar en la lectura de esa novela existencialista, sin embargo a partir de allí me surgió una fuerte superstición, debido a que no lograba pasarde la primera frase “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.” No les daré la razón exacta de mi perturbación, pero con inicios así, es mejor no ir más allá, pues cuando se es huérfano es mejor guardar para sí ese tipo de textos que buscan complicidades ocultas.
Claro que siempre hay razones para leer sobre excusados ajenos, pero soy una avecilla demasiado esquiva o distraída y prefiero mejor atisbar en las llaves de la regadera en busca de alguna prenda íntima, o revuelvo en el tacho de la basura para descubrir algunas huellas de que hay mujeres desechando la sangre de sus silentes periodos. Un ejercicio que les propongo es que visiten a alguna amiga o algún amigo, enterados de que ella vive sola, o si es él, una mujer lo acompaña en su existencia; lleguen de improviso hasta sus casas y soliciten que les presten los servicios, así penetren hasta sus baños y atisben y observen cómo viven quienes no esperan en ciertos horarios a visitas inoportunas.

Hay personas que tienen libros en los baños, justo allí es oportuno hurtar algún ejemplar, porque esa actividad adquiere el valor de un gesto secuaz por la confianza con que algunas personas dejan sus pertenencias donde ojo alguno no las pueda cuidar a cabalidad. Hay otras personas que meten hasta los periódicos a los baños; allí queda de dos: leer las noticias de las secciones de sociales donde hay caritas lindas que también ponen su montón de caca y limpiarse el culo con la imagen de algún alto prelado de la iglesia mexicana; también se puede escoger a algún comunicador, o a la actricita putita que ya obtiene estelares en los culebrones de la televisión privada.
Leer en el baño es mejor que cantar bajo la regadera, aunque es menos cursi y más noble la acción de descifrar sentidos a lo escrito.
Sí, leer para mí es toda una costumbre que ha venido a suplir casi totalmente a otra que ya ni siquiera extraño: la de masturbarme sentado.
Un asomo de dicha extra me viene al rostro cuando los intestinos me avisan que es el instante de cagar. Ignoro si mis amistades más íntimas se han percatado de mi rostro de cuasi santidad cuando me dirijo al mal llamado inodoro; sólo sé que tal vez algunas amigas sean mi cómplices naturales, cuando pienso que conforme pasa la edad conozco a chicas más felices: esto puede ser la señal de que andan por la vida debidamente saciadas de sus necesidades de depositar excretas, en los baños que conocen sus lindos y apetecibles culos.
* (El tenebroso soy, el viudo, el desconsolado,
el Príncipe de Aquitania en su torre abolida:
murió mi única estrella, y en mi laúd constelado
se muestra el negro sol de la melancolía.)




__libertaria__ dijo
Pues yo no leo en esos casos…leo cuando me doy un baño..para mi eso sí que es sagrado…y si no leo escribo, y así es como de la bañera echo a volar
27 Enero 2008 | 05:13 PM