LENCERÍA PARA ELIZABETH
las chicas de las tiendas de ropa son más atractivas
para mí que las chicas de filosofía y letras.
será culpa de Elizabeth pero ayer entré al departamento de lencería
de una tienda del centro de la ciudad...
mis ojos son como peces que se untan a los muros de cristal de su pecera,
cuando camino entre tangas, baby dolls, medias o pantaletas,
me da por cerrar los ojos,
caminar a ciegas,
y oler...
el olfato es entonces el ego de la historia.
por armazones colgantes de bruñido metal voy
y los olores que aquí se acumulan son de tela nueva,
son los olores del color blanco
(el color blanco es muy liviano, casi imposible de registrar,
pero me lleva a un ligero aroma de silicón),
del color amarillo mi nariz atrapa un olor picante;
el rojo, de tan fuerte al principio, es el primero en declinar
en mi olfato;
el gris tiene un olor penetrante que da gusto respirar,
pero el olor que me precipita es el lila de texturas entre nylon
y algodón: aquí es mejor abrir los ojos para mejor dejarse fascinar.
-sólo vengo por ver señorita,
quiero regalar a mi novia una prenda que le guste,
¿usted me puede orientar?
sus pestañas con puntas hacia arriba,
su minifalda guinda,
y su brassiere blanquísimo debajo de su alba blusa
no me dejarán mentir que se sonrojó.
-bueno, no se preocupe,
yo solito lo puedo hacer.
y ella se fue, pero sus ojos más bien me vigilaron
durantes minutos.
no recuerdo qué escritor ha dicho por ahí que él
prefiere comprarles la lencería a sus amantes.
magnífica idea que ayer me tuvo metido entre prendas
placenteras y delicadas.
prefiero a las chicas de las tiendas de ropa que a las
estudiantes universitarias porque el embeleso es más humano
en las empleadas;
a éstas el asombro las despeina,
la vida les baja por las piernas y las somete a disciplinas
laborales que las hace amar fugas, sobre todo las sexuales;
las que estudian, entre los libros se les va la locura,
se les acaban las ganas de sudar,
prefieren sublimar el vuelo antes que acometer con sus bocas
los sabores de una encendida pasión,
bajo las sábanas.
las que leen a Paul Auster quieren fingir que sus vidas
podrán ser como Lulú la del puente,
las que trabajan son terminantemente analfabetas
pero no analfabetas emocionales, no, más bien
no quieren eclipsar su vida en argumentos de ficción.
en todo caso las chicas de tiendas como las de ropa
son expertas en la praxis por eso son magníficas amantes,
si no lo creen pregúntenle a gerentes,
dueños de tiendas,
distribuidores,
o a algún comprador.
ayer entré a una tienda de lencería y hoy lo repita tal vez.






Annie Haal dijo
Me gustó el tema y la reflexión que surgió de ella...
4 Agosto 2009 | 03:09 AM